lunes

Crónica del negro azul

Por Fernanda Juárez




Esta es la historia de un hombre que comenzó a escribir en prisión. Pasó veinte años en una cárcel que lo vio crecer. Los meses se transformaron en años de encierro apenas interrumpidos por el vértigo de unos pocos días en libertad. Diferentes condenas por un mismo delito repetido. Sin estudios ni más oportunidades que las que otorga un carácter endemoniado, el prisionero garabateó sus primeras letras para salir de un calabozo de máxima seguridad. Un motín, al que él llama rebelión, se desató en febrero de 2005 y lo encontró en el lugar equivocado. No leyó a Dostoievsky ni a Walsh. Éste es el relato de un hombre que sabe que de nada sirve suplicar. Escribe porque es un ejercicio que lo alivia. Intuye, con razón, que esa escritura puede salvarlo.


2003. Pabellón 15: aislados. La celda no tiene colchón. No se puede ver el sol. El reo pasa sus días sin hablar. El hombre que ya no se siente hombre arroja la paloma. Esa cosa vuela. El preso grita y recoge. Una pastilla, una revista, un bollo de pan, una lapicera. Algo que llega del más allá. El consuelo y un minuto más para no dejarse morir. Con el paso del tiempo las celdas de castigo fueron cambiando de lugar y de nombre. Así, se las encubre ante quienes no tienen idea de lo que significan. Después de la dictadura, el pabellón quince del penal de barrio San Martín pasó a ser el de castigo, por ser el más retirado de la población penal, con celdas individuales semejantes a un nicho de cementerio. También sirvió de aislamiento para los convictos que tenían problemas de convivencia en los pabellones comunes y de máxima seguridad para los supuestos peligrosos.
Rodolfo lleva la maldita cuenta: trece años preso. Está solo y se siente abatido en el último rincón de uno de los establecimientos penitenciarios más antiguos de la provincia. El edificio fue construido en 1889, tal como el Dante imaginó el infierno. Atrás, abajo, están las celdas para los presos que recién ingresan y las mazmorras.  Adelante, arriba, los pabellones más “confortables”. A medida que el convicto avanza en su “tratamiento”, se va acercando a la salida. La distancia que hay que recorrer desde los pabellones hasta la puerta de acceso y la escala con la que se califica la conducta del recluso se encuentran, según la vara del vigilante, en una relación directamente proporcional.  La estructura original del penal, sin muchas variaciones en el transcurso de más de cien años, fue concebida para alojar a seiscientos presos. Hasta 2005 había más de 1600. Durante la última dictadura militar, esta cárcel funcionó como un centro de detención para presos políticos. Una placa con un listado de nombres y una suerte de monolito con la imagen gastada de unos jóvenes veinteañeros anuncia, en la puerta principal, que en el período 1976-1983 ahí dentro se torturó, se fusiló y desaparecieron personas.
A comienzos del siglo XXI, la penitenciaría era una caldera y Rodolfo –según sus propias apreciaciones- “un preso inquieto y revelado”. Confinado a vivir como un animal enjaulado, sabía que no tenía alternativas. Entonces, agarró la birome y escribió un poema con letra insurgente. “Logré un cupo en el Taller de Periodismo por haber ganado un concurso literario organizado por la Municipalidad. ‘Sueños, sinónimo de libertad’ fue escrito con el alma destrozada por tener que pasar 23 horas de las 24 que marca el día encerrado, a causa de ser un preso conflictivo”. Muchos recuerdan esa amargura de Rodolfo por haber vivido tanto tiempo en los calabozos de castigo. También podían reconocer en él su aversión por los miembros del “SPC” y el esfuerzo por demostrar que aquello que padeció no fue por estúpido.

2004. “A comienzos de marzo, soy notificado de que tenía que asistir al Taller de Periodismo. No entendía nada de nada. El hecho de que me dieran una oportunidad, me motivaba, a pesar de que no me gustaba socializarme con los giles”.  El reo entró con desconfianza a una de las aulas de la escuela del penal. En la sala había otros veinte sujetos, tres profesores de la universidad y una maestra. “Me fui a sentar en un rinconcito contra la pared para no tentar al diablo. Sólo me limité a escuchar y observar”. El penal era un hervidero y Rodolfo era consciente de que el mínimo roce podía encender la furia. Se presentó con su nombre y apellido, aunque sus compañeros se dirigían a él como “Negro Azul” o simplemente “Azul”. Al terminar la clase, una de las profesoras le preguntó:
- ¿Cómo querés que te digamos?
- Rodolfo, como mi familia. “Azul”, me dicen en el ambiente criminológico.
El taller de periodismo en el viejo penal de San Martín era un lugar para escribir. Uno de los primeros textos de Rodolfo fue publicado con el título “Llamado a la prevención y a la vida” en un periódico mural. Segundo párrafo: “Como novato en la profesión de periodista es mi deber comunicar e informar a la comunidad –en este caso, a mis compañeros de esta unidad– que la charla se enfocó sobre la prevención del Sida”. Rodolfo se adapta rápidamente al ambiente universitario, aunque nunca se muestra complaciente. “Mientras ustedes acá hablan de derechos humanos, en mi pabellón nos obligan a comer con la mano”.  Sus ojos negros hundidos en su cara negra se agitan de un lado a otro cada vez que alza la voz. “¿Sabés lo que es ver estos techos altos todos los días de tu vida? Pensá en tu casa, los techos son bajos. Acá te volvés loco mirando para arriba”.  Rodolfo cuenta que tiene tres hijas mujeres, que no usa tatuajes y que es hincha de Talleres. Sentí cierto interés. Escribir lo que pensaba me resultaba gratificante. Si la música domina a las fieras, la comunicación hace de la violencia una diplomacia. Así lo siento yo, que parte de mi vida fue tan violenta y rápida. No podía pensar. Con el tiempo, fui mutando hacia una nueva manera de ver las cosas. El taller perfeccionó mi nuevo estilo de vida”.
Por la pantalla de la computadora pasan, lentamente, las fotografías de los participantes. Blanco y negro. Cuánto hace que Rodolfo no se ve a sí mismo. “Ésa me gusta”. En la imagen elegida, el reo está de perfil. La escena es un tanto confusa. Se ven las paredes descascaradas del penal pero él no se puede reconocer a sí mismo como alguien que está preso. Luce con una actitud reflexiva y cierto aire intelectual. Cuando seleccionó la imagen, reparó, particularmente, en su mano izquierda apoyada en el mentón. Como esas fotografías que suelen aparecer, junto a la firma del periodista, encabezando una columna de opinión. “Mi inserción o ‘mutación’ en el taller y sus actividades abrieron, de una manera fantástica, una estrategia defensiva en mi mente. Sólo pensé, después de leer mi primer texto: ‘si escribiendo puedo hacer más daño al sistema’. Como se habrán dado cuenta todo lo mío pasa por el resentimiento hacia una institución que me alberga hace dieciocho años. ¿Cómo puedo mascar eso, loco?”

2005. Calor. El motín se desata. En pocos minutos, un grupo de presos logra llegar a la sala de armas y toma el penal. Gritos y rehenes. Tiroteo y desconcierto. Unos cuantos se suben a un camión e intentan huir por la puerta principal. La policía los repele con balas. Desde el techo, los amotinados cubren sin suerte la retirada. La prensa local y nacional escribe, con letra roja, el “saldo” de la tragedia: cinco internos, dos penitenciarios y un policía muertos.
Rodolfo ahora está en el hospital. Herido. Sabe que tiene que hablar para dar su versión de los hechos. No tiene fuerza. No quiere pensar. A lo mejor, algún día, lo pueda escribir. En el medio de la revuelta, Rodolfo decidió escapar del establecimiento por la parte trasera y saltar un paredón de más de diez metros. No fue por los efectos de esa caída sino por la tremenda golpiza que recibió por parte de una patrulla policial que Castro terminó internado en terapia intensiva, al borde de la muerte. Durante una semana permaneció totalmente inconsciente, con una cinta atada a su muñeca de la que colgaba un cartelito con las siglas NN.
“Esta noche, como todas las noches trataré de dormir sin recordar ese fatídico 10 de febrero de 2005. Mis ojos obedecen el instinto natural, pero los sueños me atrapan como tentáculos cómplices de mi trauma y me trasladan hacia aquel día trágico. Sueño con ese despertar en la unidad de terapia intensiva del Hospital San Roque, después de estar siete días en coma, tras la golpiza feroz que me propinaron los policías sobre la calle Copacabana, donde caí desde los muros en busca de la libertad en el mismo momento en que se iniciaba la alocada fuga del camión.
Sueño con Cristian, un porteño amigo que jamás voy a olvidar por ciertas virtudes y códigos hoy extinguidos. Cómo voy a olvidar ese rostro mutado por las circunstancias del momento. Cómo no voy a recordar si mientras preparaba mi fuga por los muros, muy cerca del camión, Cristian hacía piruetas sobre el camión demostrando destreza y decisión.
Cómo voy a olvidar cuando se tomó la decisión de salir. Y Cristian está ahí, con su Itaka y su postura en la cabina como la de un arquero zen, flexible y clara como el agua del arroyo que serpentea en su caudal, sólo que aquí corrió sangre de la que nunca tendría que haber corrido. Cómo no recordar…
Cómo no voy a recordar si en ese instante, quien escribe trepaba el muro hacia la libertad, cuando del otro lado la muerte lo estaba esperando sonriente y altiva.  (Fragmento de “Palabras en fuga”, diario Día a Día, sección Policiales, Córdoba, 8 de febrero de 2010).

2006. Azul prefiere no pensar en lo que le espera, aunque no se puede sacar de la cabeza ese febrero negro. Basta. El reo regresa a las actividades en la escuela y se muestra activo. Llegan las revistas de la cárcel de Coronda. La publicación se llama Ciudad interna y está escrita por presos que están alojados en una de las prisiones más grandes de la provincia de Santa Fe. En la tapa, una foto del día de visita: mujeres y niños tirados en el suelo, en una interminable fila despareja, con todos los bártulos desparramados. Así, como objetos amontonados, esperan el visto bueno para el ingreso. Rodolfo indignado. “Estas son nuestras familias también, así la pasan cuando vienen a visitarnos. Vengan un domingo y van a ver”.  De la potencia de esa imagen surge la idea de un nuevo texto. Pasan los días y el relato prometido no aparece. Es que no sé si voy bien o me estoy bandeando mucho para la prosa. El reo muestra el comienzo de su relato. “Cuando tu cara golpea contra el duro y áspero asfalto, o en cualquier lugar donde el destino quiera que tu libertad sea congelada por frías esposas…” Para hablar de la visita, entonces, Rodolfo decide partir de esa escena decisiva en la que el suelo aparece como el primer contacto del preso con la cárcel. “La familia… es lo primero que pensás”. Acto seguido hace el gesto que indica el momento en que le colocan las esposas y, después de un “clic”, sentencia: es como un flash, como una película, te pasa por la cabeza todo el sufrimiento que le espera a tu familia.
Rodolfo se incorpora al curso de “redacción humorística”. El cordobés tiene chispa y sus ocurrencias quedan estampadas en la sección “Charlando con el Negro Azul” de la revista 44 ja já. El “44” en la quiniela es la cárcel. En la tapa, la revista lleva un subtítulo: “Humor perpetuo”. Más abajo: “Nos reímos como condenados”.
El fulbo entre los preso’
Hay un campeonato de fútbol dentro de la Penitenciaría. Allí, los que juegan bien, la descosen, y los malos son caballos de batalla. Equipo que pierde se va al banco, y tiene que esperar la ronda para volver a entrar. A mí me tocó jugar en un equipo que no ganaba ni jugando solo. Cómo habremos sido de malos que nos bautizaron “el equipo del Gordo Valor”, porque éramos “banco” nada más.

Diciembre. Calor. Otra vez un juicio. Otra vez los abogados, los fiscales, los traslados con las manos esposadas a un caño en el piso de la camioneta. Cabeza abajo. Horas de espera. La boca se seca. Un martirio. Encima, las cámaras, los noticieros y esos hombres del escuadrón especial de la policía con la cara tapada. A cada paso, el convicto recibe un golpe en las costillas que le recuerda la caída libre desde el muro del penal. Rodolfo está sentado en el banquillo de los acusados. Se lo puede ver, junto a otros sujetos, dentro de una especie de jaula de vidrio (policarbonato transparente) con rejas hasta el techo colocadas para impedir cualquier intento de fuga. Azul sueña. Primer acto: absuelto.
Con el título “penas leves para casi todos los acusados”, la prensa local se refiere –sin ahorrar gestos de indignación- a la generosidad de la sentencia. Casi al final de la nota, el cronista rezonga: “Uno de los acusados fue absuelto de todos los delitos, de todos. La duda lo benefició… Castro fue absuelto porque no se le pudo demostrar fehacientemente que haya estado en el camión, a diferencia de los demás que aceptaron que iban allí. Además, no se pudo derrumbar su versión del escape por los muros. ‘Con todas esas dudas, se terminó salvando’, comentó anoche una alta fuente judicial” (La Voz del Interior, 6 de diciembre de 2007).

2008. Segundo acto. La prensa informa: “Los presos son juzgados por privación ilegítima de la libertad agravada por el número y las lesiones a los rehenes. A pesar de que participaron cientos de detenidos, sólo fueron identificados 59 de ellos por grabaciones de televisión y fotos de diarios”. Rodolfo sabía de antemano que su nombre iba a figurar, necesariamente, en ese listado caprichoso. Ahora, espera el veredicto. Calor. El juez lee las condenas por orden alfabético. Alem, Astrada, Bachino, Baigorria, Bergara, Cabrera, Campetti, Cano, Castro Rodolfo Matías. Pena de la sentencia de unificación: once años y ocho meses.
El reo abatido entró a la sala de Periodismo. El aire estaba enrarecido. Últimamente se lo veía poco. Era un espectro. Nadie se le acercaba. Las cosas no estaban bien. Antes de retirarse, comentó al pasar que quería publicar su alegato. El abogado le había pedido que no lo leyera durante el juicio. Por primera vez, le hizo caso a alguien que no fuera él mismo. Pero ahora, que ya todo había pasado (para todos, menos para él), desea ver su escrito impreso en la sección Que nos aflojen los grillos: “Alegato: Por la memoria de los ocho muertos, me considero el noveno hombre con derecho a hablar de la represión más cruel y asesina por parte de los sicarios del Estado Provincial”.

2009. Proyecto boomerang. Los presos escriben cartas para los jóvenes de las escuelas secundarias. Los adolescentes responden. El proyecto forma parte de las actividades del taller de periodismo. Las palabras van y vuelven. La expectativa hace de árbitro. Barrios periféricos, historias repetidas. Todos conocen el paño y ninguno quiere dejar de decir su verdad sobre cómo se suben los primeros escalones en el mundo del delito (y cómo se bajan). Tema: la cárcel como destino. Contexto: los medios de comunicación alertan sobre una ola de inseguridad. Exigen, con el dedo en alto, bajar la edad de imputabilidad de los menores. Ante los micrófonos, no son niños ni jóvenes. Son “menores”. “Entran por una puerta y salen por la otra”. “La policía no los puede tocar”. “Qué barbaridad, hay que encerrarlos”. Entonces, el convicto recobra el ánimo y escribe que no todo está perdido y firma con su doble identidad “Rodolfo Azul”.
Estoy eufórico. Las manos se me humedecen. No es sencillo comunicar a los adolescentes desde el corazón de una cárcel. Cárcel maldita que despersonaliza al ser humano y su entorno familiar. No es sencillo, de verdad. No soy el indicado, ni mucho menos el ejemplo para inculcar los valores de la vida, pero estoy capacitado a fuerza de golpes duros que me hicieron trastabillar al borde del abismo y la locura.
A veces pienso en la soledad del encierro y me viene a la memoria cómo llegué a perder casi toda mi juventud por no razonar coherentemente, sin medir las consecuencias.
Hoy, padre de tres hijos y un nieto, y con 38 años de edad y más de 17 años de vivir bajo el régimen cloacal de una prisión y vivir esta vida de tensiones, de coloquios lastimeros, de rigor, de sentir que junto a la brisa del viento se van los años que inevitablemente no voy a recuperar… la misma brisa que recorre las calles es la que se introduce muros adentro; sólo que muta al hacer contacto con los cuerpos gélidos y mortuorios de los hombres que deambulan por este penal.

2010. Rodolfo habla con tono civilizado y declara que se encuentra en una etapa atenuada de la condena, “por buen comportamiento y dedicación laboral”. “Hoy paso mis días de encierro esperando una resolución de la justicia a favor de quienes fuimos perjudicados penalmente por un Estado ausente en la política carcelaria, un Estado obligado a reinsertar a todo aquel que haya cometido un delito y que tarde o temprano tiene que recuperar su libertad”.  Así reza un artículo publicado bajo su firma en un matutino local, en el quinto aniversario del motín. Su aspecto luce más alineado. “La contención que encontré en el taller de periodismo es uno de los pilares que sostienen la valorización y el entendimiento para forjar una nueva vida pos-encierro, en libertad, y respetando las normas y pautas de vivir en sociedad”.

2015. Rodolfo, el Negro Azul, está en libertad y piensa escribir un libro. El viejo penal cordobés se cerró, no sólo para él, y está a punto de convertirse en museo. Rodolfo cree que sus textos son como la “paloma”, ese artefacto que vuela en la cárcel y que le permite al preso sobrevivir.  
¿Qué pasa en su alma? Nadie lo sabe. Allí hay algo inaccesible y su dignidad puede revelarse o hacerle impenetrable, mentir, decir la verdad y guardar silencio; ser hipócrita o sincero, agradecer a los que lo compadecen o reírse de los que engaña. Allá, en lo recóndito, está lo que no puede ser encadenado por nadie, su pensamiento y voluntad. Por ellos, ha sido culpable y está preso; y por ellos, puede arrepentirse, someterse, revelarse y reincidir. Por ellos, en fin, es hombre”.