Duerme la musa de Frusciante. El rostro cortado, las cejas desordenadas. -Tu veut que je part ? –llega de una fiesta. Sube los seis pisos y golpea la puerta. El pasillo está vacío. No se ve a nadie a pesar que hay mas habitantes en este último piso que en el resto del edificio. Hay ruidos, la respiración de un animal, escondido, en una jaula sórdida. Las ventanas golpean por el viento. El pasillo es denso, eléctrico, interruptor de paranoias controladas. Llora. –Je suis fatigue, je ne se pas qu’est que j’ai –se limpia la nariz. Tiene la garganta seca. Jacques dobla una camisa. La guarda en una bolsa de plástico negro. La saca. La extiende. La dobla. La mete dentro del plástico. Se obliga a guardar la bolsa en la valija. Se seca la frente. Mete la mano en un bolsillo de su chaqueta. En la valija tiene Conan Doyle, de Sherlock Holmes, para descansar la cabeza. No quiero nada intelectual o culto. Quiero descansar la cabeza, cuando tengo tiempo. Empuja la valija a lo largo de una calle oscura de Saint Michel. Tenés razón, siempre estoy preparado para partir, con la valija, siempre preparado para partir. Frente a los restaurantes hay falsas estatuas griegas y banderas de equipos de futbol italianos. Se detiene para leer un cartel de una discoteca: “Sex, and hotel: Let's dance tonight and make love tout la nuit.” Insulta a una pareja de viejos. Les pide unas monedas, bastardos. Se cruza con el actor y su perro shiva. No se saludan. Al frente, Gerard Depardieu compra unos kilos de helado y se sube a la vespa. Laurent, SDF, espera que pase el día para ir a dormir bajo el Marche St. Germain. Cada noche esta más borracho. No me acuerdo. Aun tenía teléfono. Para ese entonces me sentía como un cáncer dulce que se apaga en el anonimato. Me recontactó después de un ano. Esa noche creo que quería una explicación o no quería dormir sola. Nos conocimos en los preparativos de su viaje. Después deje de contestar a sus llamados. Nunca más me escribió. Solo una vez donde pedía las mismas explicaciones que anoche, en su departamento parisino. Me mostro un cortometraje de un pueblo originario de Australia. Vive en una calle sin luz, de un barrio alejado. Tiene un auto prestado sin luces. El lugar es una ciudad horizontal con olor a muerte. Le dije que iría a visitarla si solo había perros y taxis. Tenía el pelo largo ennegrecido con puntas rubias y el culo moldeado por su pasión por el vóley. Se sirvió un whisky mientras yo terminaba la botella de vino. Se lavo los dientes y apago las luces. Me dio la espalda. Hace un ano no tenia pelos en las piernas ni en las axilas. -Je suis fan de Balzac- transpirábamos detrás de las cortinas metálicas, una tenue luz de acero sacudía nuestro sexo insular. Esta ahí en el piso cubierta con la manta blanca. Peter Klasen, Paris Match, Ucrania, Amit Berlowitz, Purple Gallery, Brigitte Mohnhaupt, Joel Meyerowitz, Martin Parr, Imre Kertész, Richard Avedon, Bruce Weber, Meter Beard, Terry Richardson. Jacques se ríe. Se ríe de la fatalidad, de su inconsistencia. Querían pero no se tiraron y me quedé solo en una calle de Chateaux d’eau sin taxi ni metro cuando no llovía las había cruzado en el retro dancing club de varieté años 30 luces rojas pastosas esa noche estaba Pablo Verón Nardo Sarko Robert Duvall junto a su esposa Argentina residuos del Troitoirs de Buenos Aires rue des Lombard cita de los tangueros e intelectuales del ’83 héroes a distancia les gustaba decir que el tango no se escribe arriba del falo después de sacarse el abrigo y ponerse los zapatos con fondo de Discépolo ni equilibrio sobre la aguja se escapa antes del orgasmo tiene vergüenza sin contar los tacones rotos quebrados al medio por un mal movimiento entre los brazos de un viejo milonguero de pelo tenido de negro con raíces blancas época del tango nómade y al cierre del Opus nos reencontramos con el vendedor ambulante de hachís y lo ignoramos. E. es profesora de ciencias del saber en un liceo francés en el Cairo. De padre sirio y madre egipcio-francesa. Vive con dos gatos en un barrio residencial. Salvo la nariz, el resto es occidental. Nos despedimos. La libido estaba bloqueada o mal vehiculizada gracias al Islam. Hablamos de Cossery, mendigo y orgulloso. Se aloja en un atelier de un artista en rue Saint Simon, pequeña calle cercana a la rue du Bac. Nefertiti tiene ojos verdes, la piel marrón, el pelo ondulado, las piernas largas y finas sobre unos tacones egipcios de cuero. Demora en el baño. Me habla de sus padres. De Sicilia. La minifalda apenas le cubre el string. Responde con agresividad las miradas masculinas. Su madre escribe sobre el Egipto antiguo y la fenomenología urbana del Cairo contemporáneo. Describe los habitantes que esperan el ómnibus. Ceno sola.
-En el Cairo, qué extrañas?
-Los besos en la calle. Hay que esconderse. El tiempo se arrastra. Espero el acto. Soy torpe. Espero. Completo con palabras, parezco estúpida. Fumo un cigarrillo. El primero en cuatro meses. Se duerme en la mesa. Se siente frustrada. Quería bailar. Se mueve en el bar. Tensa. Mar rojo, humor negro. Suena debajo la voz culposa de la cultura musulmana, el padre con túnica. Sube la cortina de hierro. Abre la media puerta. Son las 5 am. En la cara tiene polvo marrón color carmín, caramelo, pelo castaño con rulos, ojos verdes almendrados. Reivindica su rol de mujer independiente de 33 años y Oul Kum Zum. Me confiesa que vino a París a buscar la familia de su madre. Se había pintado los ojos. Sobre la mesa dibujo su país con fósforos. Se disculpa. Son la 6 am. Como la mitad de un melón. Fuma en la cama. El humo sale por la ventada abierta, aspirado, junto al vapor de la cafetera. Tiene frio. Me pide un pulóver. Se arrodilla frente a la ventada y reza. Aplasta el cigarrillo. Se escuchan las primeras bocinas. El tiempo es denso y definitivo. El aire huele a sal y cemento. –J’ai recycle des ancien copain en amant donc que la infidelite ne se pose pas-. Un llamado era suficiente. La cita era en el estacionamiento de un supermercado en los suburbios de París. En esos segundos de anonimato brutal, desaparecía. Se abría hasta romperse. Gritada. Se golpeaba la cabeza contra el techo del auto. -Je suis fan de Balzac. Balzac era una mierda. Pero detesto el bien pensante. Me gusta Celine-. Esa vez, fue un pianista clásico, divorciado, un hijo, antiguo cocainómano. Ella se durmió. Le chupo la concha, cree, no se acuerda. Le dolió porque tenía la pija demasiado grande. Por la mañana se vistió y se fue sin saludar.
Por Gabriel Magnesio
Especial desde París












